Por qué no podemos decirle ‘no’ a un brownie de chocolate

Estás en un restaurante. Ya has comido algún entrante y plato principal y estás perfectamente saciado. Llega el camarero/a y con una sonrisa dice las palabras más temidas:

-Bueno… ¿Vais a querer algo de postre?

En este momento, tu mente comienza un complicado proceso de toma de decisión para contestar a dicha pregunta. Recuerda un poco a cuando Homer Simpson tiene en su cabeza un pequeño diablillo y un angelito para decirle lo que tiene que hacer.

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Pide el brownie! … ¡No, no lo hagas!

 

Como ya han pasado un par de segundos, y aún no te has decidido, decides contraatacar con otra pregunta para ganar tiempo:

-Em… Bueno.. ¿Qué tienes?

-Tarta de queso casera, brownie de chocolate con helado de vainilla, mousse de limón o tarta de muerte por chocolate.

Muerto te quedas tu con la respuesta. Piensas: A ver… Estoy llen@, pero… Uff, qué buena pinta tienen los postres, madre mía…pero, ¡espera! tengo que cuidarme… Es una bomba de azúcar… No puedo caerr!!! Respondes.

-Bueno, creo que no voy a tomar nada de postr… ¡¡Dame el brownie, el brownie de chocolate!!

-¡Buena elección, ahora mismo se lo traego!

Efectivamente, da igual que te hayas comido un jabalí y tu barriga esté a punto de explotar, siempre hay hueco para el postre en nuestro estómago, y en la mayoría de los casos, por mucho que lo intentemos, la tentación le gana a nuestra fuerza de voluntad. Pero… ¿sabías que tu cuerpo está diseñado para eso?

Veamos el por qué de nuestra debilidad ante comidas poco saludables y cómo luchar contra ella.

¿POR QUÉ AMAMOS EL CHOCOLATE?

Para contestar a esta pregunta, hace falta viajar atrás en el tiempo. Hace muchos, muuchos años, el ser humano no se levantaba de la cama y se ponía a desayunar café con tostadas nada más empezar el día. La comida era un premio que había que ganarse, y no era precisamente fácil conseguirla.

La grasa, la sal y el azúcar son indispensables para nuestra supervivencia como seres humanos, y por eso cuando los consumimos nuestro cerebro libera dopamina -también conocida como la hormona de la felicidad- provocándonos una sensación de placer instantáneo. Es decir, se activa un circuito de recompensa: tu cerebro te premia por haber ingerido aquellos componentes que garantizan tu supervivencia, y te anima a seguir haciéndolo.

Todo esto suena muy bien. El problema es que ya no estamos en la edad de piedra, donde las fuentes de azúcar más concentradas se encontraban en la miel y las frutas, que eran más bien escasas.

¿esto es comida?

Hoy en día el azúcar está presente en una grandísima cantidad de alimentos y de forma abundante. Además, la consumimos en su versión más refinada: el azúcar blanco de mesa, esto hace que el efecto hormonal se dispare aún más y la sensación de placer sea mucho más pronunciada. Por no hablar de cuando combinamos este tipo de azúcar con grasa y sal. (Ejemplo: cuando tomas ese primer trozo de tarta y haces Mmmmmmm!!)

CÓMO POTENCIAR TU FUERZA DE VOLUNTAD

Dicen que la fuerza de voluntad es como un músculo que se puede entrenar para hacerlo más fuerte. Bueno… La mía debe de haberse saltado el gimnasio, porque siempre acaba perdiendo. Sin embargo, no podemos dejar caer todo el peso a nuestra fuerza de voluntad. Es limitada y no nos da garantías de funcionar siempre. Por eso, te cuento lo que a mí personalmente me ha ayudado.

  1. No tires piedras contra tu propio tejado. Esta es la más obvia, pero tendemos a olvidamos de ella. Consiste en hacer nuestro entorno lo menos tentador posible.

-Si tu despensa está llena de galletas, chocolate y patatas fritas, es normal que acabes cayendo en la trampa  de hacer una visita a la cocina. No guardes al enemigo en casa y deshazte de ese tipo de alimentos

-Cuando estés en el supermercado, evita ‘los pasillos de la muerte’. Es decir, los pasillos donde está el chocolate Milka Oreo, las cajas de cereales de colores, los donuts, helados, etc., etc.

-Lo mismo en restaurantes. Si ese día no te quieres dar un capricho, evita mirar la sección de postres.

-No sigas en Instagram/Facebook a cuentas que se dedican a hacer tartas a base de nutella, galletas oreo, o guarradas irresistibles por el estilo. Parece una tontería, pero esto tiende a crear muchos antojos.

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El pasadizo de la muerte

2. Acostúmbrate a no endulzarlo todo. Si eres de los que necesitas echarle azúcar al café, al yogur, a la leche, al zumo, etc. y el chocolate de más del 70% te sabe a rayos significa que tu paladar está un poquillo ‘malcriado’. Vamos, que le has dado mucho dulce, le has puesto el listón muy alto y las comidas en su versión natural no te saben a nada o te saben muy amargas. En este caso, tienes que ‘reeducar’ tu paladar. Vete bajando la dosis poco a poco hasta que te acostumbres a comer cada vez menos dulce. Típico ejemplo: si le echas 2 sobres de azúcar al café, prueba con 1 y medio, luego con 1, luego con medio… Y al final, con nada 🙂

Si comes dulce continuamente tu cuerpo te pedirá que lo sigas haciendo. Evita también alimentos ultra procesados/ultra refinados como el pan blanco o la pasta, ya que suelen provocar la misma respuesta hormonal.

3. No seas excesivamente estricto con tu alimentación. Si te has prohibido demasiadas cosas y empiezas a sentir ansiedad, algún día terminarás por explotar y te vas a pegar un atracón de azúcar monumental. Es importante que disfrutes del proceso y rompas las normas de vez en cuando. Tienes que aprender a detectar cuándo realmente te apetece algo y cuando es mejor decir “no, gracias”.

Espero haberte ayudado un poquito. Es un tema complejo y sin duda lo volveré a retomar en futuros post. A mí realmente me cuesta resistirme a las tentaciones, sobretodo cuando estoy fuera de mi entorno. Sin embargo, cada vez voy mejorando un poquito más 🙂

¡Ánimo compañeros!

 

 

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